lunes, 27 de octubre de 2014

La mujer que me cayó del manzano

Me siento identificado con esa bolsa de plástico que se mueve bailando por remolinos en mitad de una calle. Ella no quiere moverse pero algo le empuja a ello y no puede parar de danzar y danzar al son de las notas que el aire susurra.

Desde bien pequeño todo era golpe sobre golpe, empezó con un "Adrián para ya que te vas a hacer daño" en mi segundo cumpleaños. Casi con dos meses de antigüedad en la licencia de andar me permitía el lujo de andar por casa como ese tal Pedro que anda tan bien por la suya. En esa fiesta de cumpleaños, amigos, llegó todo, tras ese "Adrián para ya que te vas a hacer daño" me dispuse a no sé cómo, ni con que extraña fuerza me agarré de ese hermoso video de VHS y me lo tiré encima. Días después de eso me caí al suelo dos o tres veces más dando siempre en el mismo punto de la frente, al principio era un pequeño bulto como una canica, más tarde una pelota de ping-pong, para por último pasar a ser una bonita, brillante y estupenda ciruela morada. Tenia en la frente una bonita, brillante y estupenda ciruela morada.

Con el paso de los años llegaron más golpes, más heridas, más mobiliario del hogar roto, más regañinas de madre, que terminó por clamarle hasta a los santos, ¡qué alguien pueda parar ese nervio que tiene dentro! Mi padre siempre me decía que tenia el baile del San Vito, que era un saco de pulgas, que me movía más que las agujas del reloj, que parara ya.

Recuerdo aquella vez de la auto-pedrada, la recuerdo mucho. Yo jugaba solo. Jugaba solo porque nadie podía aguantar mi ritmo y ese era yo el niño que a las 3 de la tarde se va con la comida aún en la boca, a 40 grados a la sombra y en pleno jardín de arena. El jardín era de arena porque me había cargado el césped a patadas y cuando no tenía más ganas de jugar lo arrancaba con las manos. Pues ahí estaba yo, en ese jardín con el balón más estropeado que las mangas de un chaleco y con las rodillas llena de heridas a secar. En una de estas que tiré más fuerte de lo normal el balón quedó encaramado en la copa de un árbol y como no llegaba quise bajarlo a pedradas. Qué pasó, que cogí la piedra más grande que había, la tiré hacia el balón, esta voló tres cuartas sobre mi cabeza, golpeó en el tronco y vino con el doble de fuerza hacia mí y...


Me siento identificado con esa bolsa de plástico que se mueve bailando por remolinos en mitad de una calle. Ella no quiere moverse pero algo le empuja a ello y no puede parar de danzar y danzar al son de las notas que el aire susurra. 


Sabes, soy un hombre que sufre nervios por dentro, soy ese tipo de persona que jamás ha podido estar sentado viendo la TV sin mover una parte de su cuerpo. Parece que descanso pero mi mente va a 1000rpm, en mis adentros hay un tambor vikingo que repica el paso de cada segundo, por las noches la orquesta filarmónica se reúne en mi cabeza para tocar la misma pieza durante horas, quisiera dormir pero no puedo, y es que la palabra tranquilidad no la conozco, bueno no la conocía.


Hasta que ella decidió cruzar el río de aguas bravas que yo llamaba mi vida, a un paso tranquilo y arrastrando la maleta. ¿Sabéis la sensación esa de meterte una mano en el bolsillo y encontrarte dinero? Pues así me hace sentir. Ella apoya su cabeza levemente en mi pierna y se queda dormida, mi cuerpo, mi mente, para no despertarla no se mueve, ni una pizca de nervio en esa pierna. Pero es que me ha contado que quiere curarme cada herida que me haga y como no quiero molestarla demasiado, ya voy con más cuidado por los caminos. Puedo sentarme porque ya no escucho a los vikingos remando, ni a la orquesta filarmónica entonando su mejor pieza. 


Esto no es lo que era, algunos días se me olvida que es eso de estar nervioso, con todas mis fuerzas intento provocar ese nervio que antes me impedía robar panderetas y la verdad que un poco sí que sale. Simplemente lo hago para que ella, con ese dedo, con ese delicado y rosado dedo, adornado con la más hermosa de las uñas, a veces pintada, a veces no, a veces a medias, me toque la nuca, se me erice cada vello del cuerpo, las papilas gustativas empiecen frenéticamente a trabajar y mi boca sea un mar, un mar deseando besar esos labios de proa a popa. Y ya mis nervios no van ni a babor ni a estribor desaparecen simplemente, como cuando pelas una manzana y se queda de un reluciente blanco que inmediatamente cambia de color, se oxida.


Hablando de manzanas, cuentan las malas lenguas que Isaac Newton estaba echándose una siesta debajo de un manzano cuando una se cayó y le golpeó en la cabeza. El bueno de Isaac pensó “ojú que porrazo, pero que carajo ha sido eso” (versión andaluza mode-on) La gravedad era la respuesta años mas tarde (¡gracias Isaac!)

Pues yo, me imagino intentando echar una siesta con mis nervios a flor de piel y de repente una bella mujer me cae desde ese manzano. Yo también me pregunto como Newton, por la gravedad, pero porque pienso que desde que esa bella mujer ha aparecido en mi vida, hace que tenga los pies pegados al suelo, viva tranquilo, no tropiece y pueda bajar cada balón que decida encumbrarse en los árboles.


                                                                                                                Adrián Jiménez




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