martes, 18 de noviembre de 2014

Lo peor de las despedidas son las despedidas

Recuerdo perfectamente aquel momento. Era uno de esos días tan otoñales que dibujan las películas, uno de esos días en los que el sol se empeña en disimular la temperatura real. Lo cierto es que hacía frío fuera y diluviaba en casa. 

Recuerdo estar empapados por los fríos despojos de las buenas intenciones, recuerdo cómo empezamos a decirnos adiós. Recuerdo a mí yo más mentiroso, escupiendo frases rellenas de buenos deseos que escondían mis ansias de que no encontrara nada ni nadie mejor, que no pudiera resguardarse del mundanal ruido arropándose en otro lugar que no fueran mis brazos ni la manta que compramos en aquellas rebajas del chino de la esquina.

Tirité, por dentro y por fuera, y encendió la estufa, pero era aquél un cuadro destinado a estar congelado por el miedo a perder. Apuró su cigarro y se enfundó la coraza para dar rienda suelta a la última de nuestras batallas. Ya mucho antes le había entregado yo todas mis armas, por lo que no le costó mucho derribar todos los bolos de mi pelotón con una sola frase: “Es lo que hay”. 

Aun así, en un último servicio a mi patria, quiso responder a la pregunta que yo no había tenido el valor de hacer. Y dijo que se iba, aunque no entendí a dónde. Creo que habló algo de París, o Berlín o Dublín… Qué se yo, yo qué sé, qué importa ya… Cualquier parte me parecía el fin del mundo, cualquier distancia me resultaba eterna en tiempo y en espacio. 

Y se fue. Se fue con mi felicidad, con mi alegría, con mis ganas de tener ganas. Se fue y se llevó casi todo. Sólo me dejó, para que nunca la olvidase –como si eso fuera posible-, la duda de si algún día volvería. 
Y me puse a llorar. A llorar como cuando llegas a la vida, sintiendo que la mía ya no tenía mucho sentido. Lloré por todas las esquinas, hasta que las esquinas se me quedaron pequeñas. 

Con el corazón encharcado fui dando tumbos, bandazos, sumando errores. Comprobé que no había labios que pudiesen igualarse a los suyos encarando la distancia que los separaba de los míos, para después desnudarlos, quedárselos y manejarlos a su antojo y el de sus pasiones.

Comprobé que ya no llegarían sus mensajes de buenos días a mi móvil, ni sus cartas al buzón. Comprobé que me había equivocado, aún sin saber bien cuándo ni cuánto. Comprobé también que ya había perdido, que se me había escapado hasta la oportunidad de decir por última vez te quiero, te admiro, me gustas al amanecer, por el día y por la tarde, y por las noches que nunca terminan; me gustas alegre y triste, comprensiva y enfadada, susurrante y altiva, de fiesta y de andar por casa. Qué espectáculo, qué maravilla, qué maestría, quién lo diría… 

Comprobé que había perdido hasta la oportunidad de que supiera que me encantaba cuando se recogía el pelo hacia un lado, cuando tenía que madrugar y salía de entre las sábanas sigilosamente para no despertarme, cuando imitaba mi voz como si fuera la del ser más ridículo de la Tierra, cuando me abría su corazón para que me asomase a todo lo que es, cuando me lanzaba mil ideas de inversión de tiempo sin intereses y a largo plazo, el que nos ofrecía toda una vida juntos. 

Comprobé que, por mucho que la madrugada me brindase un rato para escribir estas últimas líneas, no va a aparecer y a secar este puto teclado. Comprobé que, al final, lo peor de las despedidas son las despedidas: darse cuenta de que se ha ido, de que ya no está.


                                                                                                            Mario Cortegana

2 comentarios:

  1. Textos así son los que hacen que leer merezca la pena. No cometas el error de dejarlo.

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