miércoles, 3 de junio de 2015

Somos los goles que hemos vivido (XVI)

La Voz de Larra

Primavera del 2000. Se consumía la tarde con la misma rapidez con la que lo hacían aquellos cigarros que nunca llegamos a fumar, pero que observábamos absortos desde la grupa de nuestros trece primeros años. Recuerdo escuchar el rugido de Old Trafford en el bar de mis hermanos, en un pequeño pueblo de Segovia. El estruendo, sin embargo, contaba con la elegancia de lo caballeroso, y eso me asustó más que cualquier intimidación por la fuerza. El Madrid vestía de negro, algo que no puede entender quien no ha escuchado jamás la palabra 'marketing'. Pero fuera por el color de la camiseta o fuera por el escudo que le da sentido a la misma, el equipo pareció no querer intimidarse como yo lo había hecho y, al rato, ya se había adelantado con el gol más importante de la eliminatoria, obra de Salgado (me niego a decir "propia puerta"). De aquel lance sólo recuerdo pensar que no siempre la hermosura es necesaria para el triunfo, algo que años después se convertiría en una máxima. Pero dejando atrás reseñas amatorias, el 0-2 llevó la firma del maestro Raúl, que con calidad había resuelto un lance de más calidad aún protagonizado por Mc Manaman. El único inglés que no voceaba filtró una delicadeza cuya trayectoria trazó un arco maravilloso que controló el tábano de oro mientras la melena beatle de Steve se desentendía de lo ocurrido. El jefe hizo el resto. 


La eliminatoria se había terminado pero no la leyenda. No recuerdo el minuto. Tampoco el tramo del partido. Sólo sé que, en algún lugar de la segunda parte, el mariscal Redondo se midió en carrera con un central con pinta de vikingo, de esos que parecen, al contrario que Vickie, más interesados en actuar que en razonar. Entonces llegó. Con un taconazo excelso, a cámara lenta, se deshizo del nórdico con la suave benignidad del que te ha perdonado la vida condenándote a algo peor que la muerte. Lo memorable de todo aquello es que cualquiera que hubiera ejecutado una sacudida similar lo habría hecho de manera desacompasada, indignamente, con brazos y piernas al borde la fractura. Todos menos Redondo. Todo en él era elegante, y sin duda aquella jugada estaba escrita en cada uno de los movimientos que inventó frente al espejo. Después llegó la carrera. Quizá, el sprint más lento de la historia del fútbol. Poco importa, si hubiera avanzado caminando tampoco lo hubieran alcanzado. Sólo quedaba escribir el nombre de Raúl como actor secundario. 


Más lejos del 0-3, sólo recuerdo ver a aquel 7 que tanto me había fascinado en la ida destruir la red de Casillas. Para cuando me enteré de que se llamaba Beckham, ya habían inventado el Youtube y acabado con el romanticismo. El Madrid le había prendido fuego al teatro, en la primera exhibición real de poderío que yo pude ver en Europa (no me lo pareció la Séptima, a pesar de todo). Pero, sobre todo, fue mi primer contacto con lo sobrehumano, pues no se me ocurre otro adjetivo para calificar aquella proeza de Redondo. Meses después vendría la Octava, pero contarlo ya es tarea de otro capítulo.





Nacho Carretero


El problema de ganar al Madrid es que tu equipo no gana: pierde el Madrid. La ecuación causa-efecto se invierte, como aquel paisano de Corcubión (perla de la Costa da Morte) que salía de casa, se quedaba mirando los molinos eólicos del monte de enfrente y decía enfadado: «Joder, cada vez que encienden esos chismes pega un viento de carallo».

Al Madrid en Madrid le ganamos pocas, poquísimas veces. Pero las elegimos. La recordada, la épica, fue la del centenariazo, claro. «Fue solo una Copa del Rey, nos da igual», me dicen mis amigos madridistas. Y yo no niego que les dé igual, pero que no me lo digan. Déjame rebozarme en mi épica, coño. Y mi épica es la épica blanquiazul, la que llevó a veinticinco mil deportivistas al Bernabéu un día entre semana de invierno a jugar de visitantes una final. Allí estaba yo, claro, el único de entre mis amigos convencido absurdamente de la victoria. El resto, pesimistas, sin ver solución a una derrota segura, como cuando a Fraga le preguntaron qué harían si el Prestige se negaba a alejarse de la costa y respondió, conciso, «se le pega un cañonazo y punto».

Mi recuerdo del primer gol del partido, autoría del deportivista Sergio González, actual entrenador del Espanyol, es borroso. Esta vez no por los años y sí por el alcohol que veinticinco mil bárbaros llegados del norte habíamos trasegado en aquel marzo madrileño que nos hizo ocupar el fondo norte del Bernabéu dos horas antes de que comenzara el partido. A pesar de la nebulosa todavía puedo ver la pelota avanzando despacio hacia la línea de gol ya superado el portero (César) y todos detrás de la portería agarrados unos a otros, de pie al estilo vieja grada de cemento (que vuelvan ya) y con los ojos desencajados porque, qué cojones, quién iba a pensar que les íbamos a meter un gol en su final. Perdí una zapatilla en aquella celebración en la que juro vi volar cuerpos por encima de mi espalda mientras la buscaba. Después vino otro gol, de Tristán, el de la incredulidad, y finalmente el pitido final no sin sufrimiento por el tanto de Raúl que cerró en 2-1 el partido.

De entre los cánticos, fuegos de artificio y lágrimas de alegría, me recuerdo a mí mismo sentado en mi asiento por primera vez en noventa minutos regocijándome en mi alegría incapaz de ponerme de nuevo en pie de puro cansancio.











Andrés Martín Rublev

Éramos cuatro amigos en un piso en el paseo marítimo de Torre del Mar. Fuimos allí a pasar la Semana Santa del año 2011, entre brisa, arena y playa. Por cambiar un poco las vistas y los olores de esa época en Granada. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos encerrados con las persianas bajadas en el piso rodeados de cerveza, ron, absenta y una Final de Copa se distinguía a lo lejos. Todo parecía una secuencia de El Ángel Exterminador de Buñuel. Aquello fue muy grande. Menos mal que hay testigos de lo que allí ocurrió, de lo contrario nadie nos creería. 

Mourinho saludaba a Guardiola y nosotros hacíamos lo propio con Cervantes; cerveza mezclada con ron almirante, una bebida creada en aquel piso tétrico cuando los refrescos optaron por la inteligente idea de abandonarnos. En todo este ecosistema nos enmarcábamos tres madridistas y un culé. El partido se desarrollaba mientras nosotros nos mirábamos pensando en que tal vez conocer a Cervantes no había sido la mejor idea de aquella semana. Y mira que la semana no estuvo plagada de grandes ideas, comprar absenta tampoco lo fue. En aquel partido estaba Pepe en el mediocampo, con una hiperactividad que parecía que la absenta la llevaba él en el cuerpo. Qué años aquellos. Ser madridista entonces era un poco como encerrarte en un piso con las persianas bajadas rodeado de amigos utilizando todos los recursos disponibles para que la fiesta no decayera. Los años que vivimos peligrosamente. 

103’ gol de Cristiano, el que no marcaba en partidos grandes. Siempre me pregunto cómo en aquella situación y ante semejante explosión de locura, Javi y yo tuvimos la lucidez de coger la cámara y hacernos una foto celebrando aquello. Llamadas desde Granada, emoción, lágrimas, palabras indescifrables, frases sin sentido, gol, gol y gol pero “niño no bebas más”. El año del 5-0, de la manita, de la moral comida durante años. El gol que marcaba un punto de inflexión. El gol que nos hizo más madridistas. El gol que más he celebrado en toda mi vida. El gol del día en el que conocí a Cervantes. 





El gol que más recuerdo es un gol que no vi, un gol que no escuché y que tampoco sabría decir quién marcó. Era el domingo de la última jornada de liga, el calor abrasaba la chapa metálica del Ford Orion familiar mientras mi familia se preparaba para acometer el viaje de vuelta de la playa donde habíamos pasado el fin de semana. Mi padre me anunció a mí que el Madrid ganaba 0 a 2 y que íbamos a ganar la liga. Se refería obviamente a nosotros, y no a ellos, porque tanto él como mis tres hermanos, con los que debía embutirme en los asientos traseros del coche estaban (y están) afiliados al eterno rival: al Barça. Mi padre puso el Carrusel Deportivo de la SER y arrancó el motor dispuesto a saldar el puñado de kilómetros que separaban Benidorm de mi pueblo. Aquella liga, la primera de cuantas iba a recordar, estaba muy cerca. 

Desde entonces, ese tramo de carretera nacional que serpentea la costa alicantina ha quedado grabado en mi cabeza como el origen de una afición futbolística sincera. A cada curva del trayecto, el partido se complicaba más. El Tenerife, para disfrute de mis compañeros de viaje, había marcado el primer gol al poco de arrancar el coche y el margen de error sobre la victoria se estrechaba. Mi padre, con ese habitual pesimismo culé, me tranquilizaba desde al asiento de conductor: "no te sulfures que esta Liga la ganáis vosotros". Durante mucho tiempo así parecía. El Orión, matricula Alicante 8158 AL, engullía la distancia y de alguna manera yo sentía que no sólo nos llevaba a casa, sino que también nos acercaba al título. 

Ya estábamos en el pueblo, en la puerta del garaje, cuando el pitido de la radio sonó como la alarma que anuncia un bombardeo inminente en la ciudad. No me dio tiempo a ponerme a cubierto: 2 a 2, el Tenerife le daba la vuelta al partido y mi familia no disimulaba su sonrisa. La sangre que me hervía entonces es la misma que me hirvió en el 2 a 6, en las eliminatorias contra el Lyon o los trivotes de Mourinho. Entramos en el garaje y la señal de radio se perdió como se pierden las cajas negras en los naufragios. No recuerdo demasiado salvo la súbita sensación de angustia pues ya entonces empecé a desarrollar la manía en la que siento que si yo no veo el partido el resultado final será otro, por lo general más decepcionante; como si yo, por el mero hecho de presenciarlo o escucharlo en directo, pudiera influir sobre las piernas de los futbolistas o el acierto del delantero centro.

Subimos en el ascensor alterados por la incertidumbre y el trayecto del sótano al tercer piso se me hizo tan eterno como una prórroga en una final. Abrimos la puerta y encendimos la radio. No oímos ningún gol, pero se escuchaba alto y claro el himno del Barça, señal inequívoca que el Tenerife había marcado el tercero y que Canaletes había adelantado en la última curva a la Cibeles. Aquel gol de Pier Luigi Cherubino que no vi y que no sabría decir cómo fue es el que más se me ha grabado en la memoria, tal vez porque en el Madrid las victorias a menudo solo generan alivio y son las derrotas las que dejan una verdadera huella. Sea como fuere aquel fue mi primer gol, el gol que celebró el resto de mi familia y puso a prueba de una forma más caníbal mi adhesión a unos colores. Sin embargo, no solo no los venció, sino que aquel balón que nos arrebató la liga fue el que puso los cimentos de mi madridismo, mal que le pese a mis hermanos.




Albert Morén


El gol que soy, en realidad, no lo viví. No hasta varios años más tarde. Se trata, además, del más importante en la historia del club por el que lato. Un tremebundo lanzamiento de falta en la prórroga de la final de la Copa de Europa de 1992. El gol de Koeman. El de Wembley. Un obús que arrasó con la barrera de la Sampdoria como si hubiese sido una pared de porexpan, y terminó en la esquina inferior derecha del libro de recuerdos de quien lo presenció. Stoichkov prendió la mecha, Jose Mari Bakero enfocó y el 4 holandés, que para la ocasión vestía de naranja, convirtió el 20 de mayo de 1992 en el día más feliz del F.C.Barcelona. Aquel minuto 111, la emocionante narración del maestro Puyal, el pie de Cruyff trastabillándose en la valla que separaba el césped de los banquillos, el codazo de Nando a Juan Carlos en la celebración, el abrazo de Michael Laudrup, el puño en alto de Guardiola y su noche sin dormir. La mirada vidriosa de quien había sufrido en épocas mucho más difíciles, la exultante alegría de los claxons y esa complicidad única que se da entre dos desconocidos cuando se descubren celebrando por lo mismo.

No viví nada de aquello. Me lo perdí todo. Y a decir verdad, entonces no me pesó en absoluto. En el 92 no tenía edad para entender demasiado, pero no habría sido el único niño de seis años fabricándose sus primeros recuerdos como culé. Claro que ellos soñaban en el recreo con ser Hristo,
Amor o Laudrup, y yo, en cambio, fui un aficionado al fútbol tardío. Un par de años más tarde, cruzando por delante del televisor escuché al comentarista decir que el Paris Saint Germain había eliminado al Barça, y entonces sí sentí pesar, pero para aquella final de Wembley yo era el más feliz del mundo jugando con mis muñecos, ajeno en un barco pirata a lo que estaba sucediendo en las calles de mi ciudad. Finalizado el partido, mi padre salió, bocina en mano, a celebrar la Copa de Europa, mientras mi contramaestre ordenaría lanzar por la borda a algún polizón. Pero esto se trata de goles que te marcaron la vida y aquel, sin duda, hizo hoyo en la mía. Porque tan pronto como fui consciente del extravío, ahora sí como empedernido futbolero, me invadió una ansia de reparación que todavía sigue, y con la que emprendí un viaje hacia el pasado que transcurre, en circuito cerrado, entre aquellos años en los que empezó todo. Y de vez en cuando regreso a aquella final y a aquel gol, a mi manera, porque no tengo otra.



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